DANIEL SALMORAL.- Siempre se dijo que el poder no cambia a las personas sino que las muestra tal cual son.
Con el COVID-19, parece que pasa lo mismo.
Desde que la pandemia apareció asolando y matando gente, por estas latitudes asomaron actitudes deleznables por parte de no pocos, que, aprovechando la situación, buscaron sacar ventajas de todo tipo, por lo que llevaron adelante acciones absolutamente reprochables.
Se lo vio en el campo económico, principalmente, pero también en otros como la Justicia y la política.
Todos vimos con rabia e impotencia, lo que hicieron empresarios y comerciantes inescrupulosos que, sin ninguna razón, incrementaron los precios de productos que se convirtieron en imprescindibles para tratar de prevenir el virus mortal.
Algunos empezaron con los desinfectantes en aerosol y siguieron con el alcohol en todas sus presentaciones, pero pusieron mayor empeño en el gel.
De la noche a la mañana, desapareció de las góndolas de super y alacenas de los negocios de barrios y cuando reapareció, su precio ya se había ido por las nubes.
En este increíble aprovechamiento, no hubo diferencias entre las grandes cadenas de supermercados y el humilde almacén de «Don Pedro» en el barrio más alejado del macro centro.
Todos, grandes y chicos, vieron la posibilidad de «salvarse» ganando un peso más apelando a la desesperación y sobre todo a la ignorancia de la gente. por eso remarcaron como se les dio la gana hasta que el Estado, tanto provincial como municipal apareció en escena, y frenó los robos.
Las fechorías estaban dentro de los parámetros considerados «normales» hasta que aparecieron los vendedores de fideos y aceite que aprovechándose del famoso «Estado bobo», o demasiado corrupto, que es lo que piensa la mayoría de los argentinos, le facturaron al Ministerio de Desarrollo Social que conduce el «massista», Daniel Arroyo, estos artículos de primera necesidad y de dudosa calidad, como si se tratara de caviar ruso.
Pero las actitudes miserables no se vieron solamente en el tema de precios y comerciantes abusadores.
Eso mismo ocurrió, en el ámbito judicial, cuando el pedido de un miserable ya probado como Amado Boudou, condenado por algunos hechos de corrupción y a la espera de otras sentencias, apeló a la endeble moral de otro miserable, el juez Daniel Obligado, personaje que denigra a la Justicia, consiguiendo que cambiara su postura en sólo diez días y le terminara otorgando la prisión domiciliaria sin que existan razones justificadas para ello.
Quienes conocen a este oscuro personaje que enloda con sus procederes a la justicia toda, aseguran que para que le haya otorgado este beneficio al delincuente común que alguna vez deshonrara la presidencia del Senado de la Nación, existieron «razones de peso», tanto nacionales como estadounidenses, para que hiciera lo que hizo.
Si bien la actitud miserable tanto de Boudou como de Obligado ya repugna, lo peor vino después con el pedido de más de 800 presos que, basados en la «jurisprudencia» ya sentada, se sintieran con derecho para pedir sus prisiones domiciliarias ellos también.
Eso, significó que los jueces, buena parte de ellos honorables, tuvieran que abocarse a revisar pedido tras pedido para ver si a ellos, al igual que a quien quería fabricar billetes, les asistía el mismo derecho.
Sobre estos pedidos, el Procurador General de la Corte bonaerense, Julio Conte Grand, tuvo que salir a aclarar que los presos que alcanzarán este beneficio no serían violadores ni femicidas, pero a la vez reconocía que la posibilidad de fuga estaba latente porque el Servicio Penitenciario, al menos el bonaerense, no tenía las tobilleras electrónicas necesarias para controlar a cada uno de los delincuentes que abandonaría la cárcel.
Pero además de eso, comentó que otro peligro es que durante su prisión domiciliaria, aprovecharan la falta de custodia para salir a hacer algunas «changuitas» y así cometer nuevos delitos.
Todas estas situaciones, graves por cierto, solamente fueron posibles por las actitudes miserables de dos delincuentes: el condenado y el juez que le abrió la jaula.
Pero otros miserables, estos de mayor importancia, han sido y siguen siendo, al menos hasta ahora, las entidades bancarias.
Pensando únicamente en sus intereses, como siempre, le han dado la espalda a sus clientes, tanto a las Pymes como a los más castigados con esta pandemia: los jubilados.
En un combo perfecto, tanto los dueños de los bancos como la asociación que nuclea a sus trabajadores, «La Bancaria», cerraron las puertas de las entidades durante quince días y recién las abrieron, presionados, en la fatídica jornada del viernes 3 de abril donde amontonaron a los viejos en sus puertas exponiéndolos a miles de contagios evitables, si sólo hubieran primado en ellos actitudes solidarias.
Pero no terminó allí.
También, y como no podía ser de otra manera, las miserabilidades afloraron además en la política.
Aprovechando la situación, personajes que en verdad deberían llamarse a silencio por haber sido partícipes activos o cómplices de la situación de miseria que hoy viven demasiados argentinos en general y salteños en particular, aparecieron en los últimos días lanzando acusaciones sin sustento hacia quienes vienen enfrentando la crisis.
Convencidos que si salen a denunciar en los medios y no ante la Justicia, que es adonde en verdad deberían llevar sus sospechas, irrumpieron además en las redes sociales con la ilusión que si tiran basura ahora, como lo están haciendo, podrán cosechar uno que otro voto en las lejanas elecciones del año que viene.
Todas estas actitudes, que exhiben lo peor del ser humano, han sido tristemente en estos tiempos de coronavirus y cuarentena, importantes actores en esta tragedia que tiene al borde del colapso a la propia especie.
Hasta allí lo peor, pero no todo es así ni todos son así.
Cómo contrapartida ante tantas miserias y miserables, es necesario poner en muy alto valor el compromiso y la entrega de miles de hombres y mujeres que desde la salud y la seguridad, sobre todo, nos hacen creer que no todo está perdido y que cuando esta pandemia sea tan solo una horrible pesadilla, porque eso sucederá en algún momento, la humanidad pueda encontrar su verdadera razón para ser un privilegiado poblador de este planeta.
Fuente: danielsalmoral.com.ar





