DANIEL SALMORAL.- Siempre fue preocupación dominante en la historia la salud en toda su dimensión. “Higieia” la llamaron los griegos, “Salus” los romanos, de donde viene el latinajo “salus populi máxima lex est” (la salud del pueblo es la máxima ley).
Traigo a la memoria al dr. Arturo Oñativia, médico humanista, que, como el diamante, fue tallando facetas luminosas con su personalidad múltiple y abarcativa.
Por su formación intelectual, pronto comprendió que la mejor actividad práctica es una buena doctrina.
Esta regla de pensamiento siempre lo acompañó en la vida y pudo andar con paso sostenido como investigador, funcionario y político.
En sus últimos años confiesa: “Hice política por responsabilidad ciudadana y vocación radical, nunca en forma exclusiva porque tenía que cumplir una tarea médica, científica y social”.
El azote de la desnutrición lo llevó a fundar en nuestra provincia el Instituto de Nutrición que hoy lleva su nombre. Alexander Fleming, el descubridor de la penicilina, había anticipado el desafío: “Los médicos han contribuido a aumentar las posibilidades de vida; corresponde a las autoridades públicas encargarse que la población sea alimentada con una dieta adecuada.”
Oñativia levantó el guante del desafío, organizando el Instituto de Endocrinología para investigar la constelación glandular, que gobierna toda y cada una de las funciones del organismo humano, dedicando especial atención a la glándula tiroidea.
Mucho le debe la salud pública de Salta el haber erradicado el bocio endémico.
Con gracia festiva se lo agradece el poeta José Juan Botelli:
“El doctor Arturo Oñativia
Con yodos nos alivia
En un digno sacerdocio
Ratifica nuestro ocio
Que a su manera de ver
La culpa la tiene el bocio”
Siendo ministro del presidente Illia, se sancionó la llamada Ley de Medicamentos, de la que fue autor, donde se consideraba al medicamento un bien social. Esta ley fue el desencadenante del golpe militar que derrocó al gobierno, según me lo hizo saber el propio dr. Illia.
Su mayor preocupación fue poner en marcha el programa nacional de agua potable.
La sociedad democrática se completa atendiendo el flanco educativo y allí estuvo Oñativia, impulsando la creación de la UNSa.
En el consultorio, con sus pacientes, dio escrupuloso cumplimiento al juramento hipocrático y no sólo fue confesor del cuerpo sufriente, sino también médico de almas esperanzadas.
Llegado al mediodía de su prestigio, se dedicó de lleno a organizar la UCR, el partido de sus afanes, entendiendo a la política como la actividad más elevada y compleja, y al gobernante como la persona que tiene una idea clara de lo que se debe hacer con el Estado en una nación.
“El hombre normal, sano, es patriota; los hombres indiferentes son hombres disminuidos. Los antipatriotas, desequilibrados”, dice el poeta Joaquín Castellanos.
La sociedad confiaba en su programa de gobierno, casi un epigrama: salud con educación y lo acreditaba a través de un ejemplo de ecuanimidad que nunca abandonó: saber medir el elogio al amigo, como la censura al adversario, comprender, perdonar y perseverar, fue su divisa de comportamiento.
Una infidencia: alguna vez (y ya absuelto del secreto de confesión por el paso de los años) el dr. Balbín me dio a entender que su candidato a Presidente de la República era Oñativia.
*El autor es abogado – Diputado Provincial (MC) – UCR
Fuente: danielsalmoral.com.ar





