Cristina Fernández, al haberse visto obligada a bajar de la candidatura presidencial a su «hijo político» Eduardo «Wado» de Pedro y encaramar en ese lugar a su «enemigo íntimo» Sergio Massa, marcó el principio del fin del kirchnerismo o cristinismo tal como lo conocemos ahora.
DANIEL SALMORAL.- La fuerte presión de algunos integrantes de la llamada «Liga de Gobernadores Peronistas», encabezada por el santiagueño Gerardo Zamora, fue una de las determinantes para que la Vicepresidenta revea su apoyo a la fórmula De Pedro – Manzur, y termine apostando por la de Massa – Rossi, con la idea que si ocurre la catástrofe electoral que imagina en Octubre a manos de alguno de los candidatos de Juntos por el Cambio, ella dirá que no tuvo nada que ver ni con la elección del principal candidato ni tampoco con la campaña electoral de la que seguramente, luego de marcar algunos lineamientos fuertes sobre todo en la negociación con el FMI, no tomará parte y pondrá toda su atención en no perder la provincia de Buenos Aires con Axel Kicillof que irá por la reelección y donde también desembarcarán los principales dirigentes cristinistas y sobre todo de La Cámpora, para allí «aguantar» los cuatro años que vendrán del gobierno de Horacio Rodríguez Larreta o Patricia Bullrich, a la vez que, ya lo han dicho aunque solapadamente, preparar el «operativo retorno» a la Casa Rosada y al poder total con Máximo Kirchner a la cabeza.
El juego, al que se vio obligada a jugar Cristina Fernández y entrar en este proceso electoral que no era el que esperaba, ya le está provocando, y eso no logró disimularlo en su aparición televisiva, graves peleas con su yo interior y eso indica que para la Vice, el tema no está terminado.
Para ella, dueña desde hace muchos años del poder político total en la Argentina, aceptar y sonreír junto a Massa en el acto de la ex ESMA este lunes, debe haber sido una de las peores cosas que le ocurrió en su vida política, pero, conocedora de la célebre frase que en política indica que a veces hay que «tragar amargo y escupir dulce», la llevó a aceptar aunque insultando por lo bajo, la candidatura de un hombre al que, más allá de las apariencias públicas, en verdad desprecia y odia porque fue él y no otro quien en años anteriores le provocó una dura derrota a sus intenciones de eternizarse en el poder.
Fue Massa quien provocó eso y quien además prometió que correría de los despachos oficiales y las bancas legislativas a «los ñoquis» de La Cámpora, generando con ello la ira total de una mujer acostumbrada a que no le digan que no ante cualquiera de sus deseos, caprichos o intenciones políticas.
Luego, la realidad del país y el giro inexplicable de Massa que volvió sobre sus pasos y olvidó todo lo que había prometido y «volviendo vencido a la casita de los viejos», llevaron a que la «dama de hierro» dejará de lado los dichos del tigrense, no por amor sino por espanto, y otra vez lo recibiera en sus ámbitos íntimos y le encomendara delicadas tareas como, por ejemplo, presidir la Cámara de Diputados y luego, por la dura realidad económica y la compleja negociación con el Fondo Monetario, que se hiciera cargo de la cartera de Hacienda cuando el ex ministro, Martín Guzmán ya no tenía chances de seguir al frente del siempre traumático ministerio.
Cristina, sabía que la labor de Massa en el gabinete de Alberto Fernández no se limitaría a una cuestión técnica sino que aprovecharía cada minuto para ganar terreno en lo político y no se equivocó.
Desde su Frente Renovador, con la paciencia de una araña, el «Super Ministro» como se lo calificó en su momento, fue armando su «GPS» político que ahora, producto de la orfandad de figuras consideradas favorablemente por la mayoría de la sociedad dentro del ahora «Unión por la Patria», lo terminó depositando otra vez en el lugar que siempre quiso, pero ahora con toda la estructura del PJ, en sus distintas versiones, a sus espaldas.
Hasta ahora, quienes conocen de su andar en la política, han adelantado que el hoy candidato oficial de Cristina Fernández de Kirchner, «pondrá lo que tiene y lo que no tiene también» para torcer lo que dicen ahora las encuestas y ganar los comicios generales en el décimo mes del año.
Si esto ocurre finalmente, marcará el final del kirchnerismo y el cristinismo y significará el nacimiento del «massismo», una nueva versión de la política local con todo lo que ello implica.
«Massa no es Alberto», es lo que se comienza a escuchar cada vez con más fuerza en los ámbitos donde se respira y se habla de política, lo que indica que si Massa es presidente, no habrá necesidad que Cristina le diga, como lo hizo con Alberto Fernández, que «use la lapicera» porque eso es lo que hará apenas ocupe el despacho presidencial.
«Sergio llegó para quedarse», ya han dicho y seguirán diciendo todos los días que vienen sus seguidores más cercanos.
Mientras eso ocurre, Massa, el hombre del momento, sabe lo que tiene que hacer si llega al sillón de Rivadavia, pero Cristina, Máximo y La Cámpora también para frenar sus incontenibles deseos de acumular poder para quedarse todos los años que le sean posibles.
Lo cierto es que Cristina, con seguridad, nunca pensó que un día lo terminaría entronizando y dejándolo como heredero de todo el poder de un peronismo que, aunque mutante, todavía perdura en el país.






