Profesor, no se nos vaya a apichonar – Por: Carlos M. Reymundo Roberts

Un importante empresario acaba de confiar en rueda de amigos: «Soy un hombre positivo, pero el país se va a la mierda». No sé en qué sentido lo dijo.

DANIEL SALMORAL.- La historia puede ser juguetona, simétrica, cruel. Los célebres Cien Días que cambiaron el curso de los tiempos es el período que va desde el regreso triunfal a París de Napoleón del exilio en Elba, a su derrota en Waterloo y abandono del poder. En la misma cantidad de días, Alberto pasó de las palmas por una cuarentena temprana y decidida al agotamiento de la fórmula, la destrucción de la economía y al Waterloo de Vicentin y de la vuelta a la fase 1 . A la historia, decía, se le da por ser simétrica. Los Cien Días de Napoleón empiezan el 19 de marzo de 1815 (entrada en París) y terminan el 27 de junio, cuando es repuesto Luis XVIII. Epa. El 19 de marzo empezó acá la cuarentena. Hoy es 27 de junio. Alberto, no se nos apichone: a usted lo espera la gloria, no Santa Elena. Alberto, ya probamos con una reina y no funcionó.

Nuestros Cien Días se inauguraron con el querido profesor flanqueado por opositores y asesorado por epidemiólogos. Mesura, consenso y, a falta de un gobierno de científicos, al menos un comité. Como que un Pedro Cahn compensaba a un Ginés. Por un rato: enseguida se vio que hablando puede ser tan desafortunado como el ministro. En el concurso de tiro al blanco, a ver qué funcionario acertaba con la llegada del pico de contagios, fueron perdiendo todos, en Nación, provincia y ciudad. Ganó el pico, que, burlón, se les movía y se les sigue moviendo. Ni hospitales desbordados ni montañas de cadáveres, por suerte. Ya les di la cana, picarones: anunciar el pico ha pasado a ser una cábala, una forma de conjurarlo. Los pronosticadores oficiales no la tendrían más fácil si jugaran a calcular el número de fábricas y comercios que cierran, las empresas que van a convocatoria, qué nivel tendrá el blue en diciembre y cuántas estatuas le erigirán en Wall Street al más dadivoso pagador de deuda del mundo: Martín Guzmán.

Al Alberto ponderado que, en los albores del otoño, vivió la primavera de su corta gestión, pronto le llegaron los fríos días de invierno. Se hartó del confinamiento en Olivos y de los sermones de Cristina, se angustió (lo reconozco: puedo ser muy malo) y salió a pasear por el interior. Fue, por ejemplo, a Formosa, donde exaltó al dictadorzuelo Insfrán y nos dijo que ese era «el modelo a seguir». Yo siempre pienso bien: creo que en realidad fue a tirarle las orejas al gobernador. La llevó a Fabiola a conocer El Messidor, en Villa La Angostura; ahí lo justifico porque pude ver la residencia desde el Nahuel Huapi y está buenísima. Pero los aires del norte o del sur le pegaron y se le dio por pelearse cada vez más seguido con periodistas, por tapizar el país de decretos, decir macanas, tirarles flechas a nuestros vecinos y sucumbir ante las filminas (lo de ayer estaba grabado: eso dio tiempo para editar sus errores y sacarle 45 minutos al discurso de Axel); por pasar noches en Twitter y quedarse toda una tarde viendo completa la serie de Sebastián Wainraich, «Casi feliz». Lo contó él, completamente feliz.La vuelta a la fase 1 es el fracaso del éxito

Otro problema de Alberto es su gabinete, que no funciona. Consuelo: tampoco funciona el de Cristina, más numeroso. Un caso dramático es el de Guzmán. Se pasó años estudiando la maldad estructural de los acreedores y de pronto, metido de apuro en la cancha, viene a descubrir que el malo era él. Negociando. Ya cedió 10.000 millones de dólares, que gracias a Dios no nos hacen falta. Parece que ahora el acuerdo está cerca. Igual que el pico. Tampoco le va bien a Cafierito. En su primera exposición ante el Congreso le temblaban las manos, bajaba la cabeza y se quedaba interminables segundos en silencio, un body language solo menos trémulo que sus respuestas a los senadores de la oposición. Cristina, más ducha con la tecnología virtual, anteayer muteó los micrófonos de esos senadores para que no pudieran votar en contra de la formación de una bicameral que investigará a Vicentin. Cris le dio a esa comisión poderes extraordinarios, propios de la Justicia o incluso la policía: casi que si no les responden al timbre pueden tirar la puerta. Pero pidió que no avancen sobre los disquitos de algodón de Vicentin que usa para sacarse el maquillaje.

Perdón, me olvidaba. Hay que rescatar a la ministra de Seguridad, Sabina Frederic. Le pidieron que haga espionaje en las redes y lo está haciendo muy bien. No le pidieron que investigue el incendio de campos en varias provincias o la explosión de ataques contra silobolsas, que anteayer alcanzó un récord: 18 casos en 24 horas. Terrible atentado contra la soberanía alimentaria. El fenómeno se intensificó desde el intento de expropiar Vicentin. Los chacareros perdieron la paciencia: no contentos con el banderazo, queman sus campos y desparraman los granos.

Parece que también se está multiplicando un delito típico de países que atraviesan angustias económicas: robos de estatuas, de cables (por el cobre) y hasta de picaportes, para ser reducidos y vendidos como metal. Afortunadamente, la vuelta a la fase 1 (el fracaso del éxito, dijo el colega Horacio Alonso) confinará a los ladrones. Sabina, espíe tranquila.

Cien días de cuarentena, y esto no se acaba. Un importante empresario acaba de confiar en rueda de amigos: «Soy un hombre positivo, pero el país se va a la mierda». No sé en qué sentido lo dijo.

Fuente: La Nación


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