Las guardias vacías de los hospitales y la espera sin esperanza – Por: Miguel Wiñazki

Figuras toscas y momificadas se arrellanan en sus cuitas egoístas, resolviendo sus propios intereses creados, y nada más. Y le apagan los micrófonos al resto.

DANIEL SALMORAL.- El escritor André Gide escribió que toda sala de espera es una sala de esperanza, porque de lo contrario nadie ingresaría a ellas.

Entro a la guardia del Hospital Pirovano por la mañana. Está vacía.

Llamo a un médico del Posadas, lo mismo. A una doctora del hospital de Moreno, lo mismo, a otra del Thompson de San Martín, igual. Nadie o casi nadie esperando. Y así, en todas partes.

Las salas de guardia se despejan de pacientes. Es peligroso aguardar allí.

Ocurre lo mismo en las clínicas privadas.

Llegan sí los que ya no tienen otro remedio.

La alegoría de aguardar sin ingresar las antesalas que albergan a la espera con esperanza es la fuente del desasosiego.

El país es una gran sala de espera pero no atravesamos el umbral de la confianza.

Debemos protegernos de todo, y también del desaliento.

Los médicos a cuestas de sus salarios tantas veces indignos, combaten y salvan.

Efectivamente crecen los contagios por Covid.

Pero, ¿Por qué creer que después de la nueva fase dura de la cuarentena todo será para mejor?

Hay órdenes a veces explícitas y otras implícitas de no informar lo que ocurre en ciertos sectores hospitalarios, de derivar todo a prensa, de segregar burocracia, hacia oficinas descongestionadas pero ocupadas en encubrir realidades.

La clase gobernante ya no tiene espacio para los fuegos de artificio de antaño.

Es imprescindible escalar a la altura de la dignidad de la tragedia.

Es sencillo recibir aclamaciones en los balcones. Mas complejo es resolver problemas.

Pareciera que muchos descienden sin embargo a las ajetreadas ineptitudes de siempre. A la indolencia voraz de los buscavotos.

Figuras toscas y momificadas se arrellanan en sus cuitas egoístas, resolviendo sus propios intereses creados, y nada más. Y le apagan los micrófonos al resto.

¿Cómo son los velados rostros de los que no van a la guardia aunque debieran? ¿Qué males los aquejan? ¿Cómo los soportan?

¿Dónde viven? ¿De qué están viviendo?

¿Cómo estamos viviendo?

Están los nombres de los muertos, y tambíen el rostro agravado y agraviado de los vivos, que padecemos no solo de coronavirus.

Nos estamos jugando la vida y la sobrevida económica. Arriesgamos la salud en todas sus dimensiones. Confrontamos contra el coronavirus y frente al resto de las enfermedades parcialmente desatendidas ahora por las circunstancias. El abismo del agujero negro por el que se disipan todos los esfuerzos no es un imaginario. Los comercios se caen. Los trabajos se desvanecen. La recuperación económica es una utopía retórica.

Demagógica.

Los criminales abren las zarpas azuzados por la vulnerabilidad general.

Así lo anunció una funcionaria empinada.

Afuera del hospital, el sol frio del invierno lo ilumina todo. Adentro los asientos metálicos de la guardia, desolados.

Hay un sesgo de luz vertical cuyo peso contrasta con aflicciones cercanas, vívidas, encarnadas y dolorosas.

Hay una pasividad obligada por las circunstancias, según se afirma. Todo debe detenerse nuevamente, aseguran.

Todos enfocados en el coronavirus.

Las moscas bordonean en las ventanas de una mueblería cerrada. Una apresurada telaraña trepa ya por la puerta de una peluquería. El bullicio que antes brotaba de un bar legendario hoy naufraga en un silencio insaciable. El bamboleo de las hamacas de las plazas está prohibido.

Los areneros sin juguetes y sin chicos.

La sensación del control que vuelve a pretenderse férreo e inexpugnable ya nos ahoga como una piedra fría invadiendo la garganta.

Se ahonda la sensación de tiempo perdido.

No se vuelve de la muerte del tiempo perdido.

La boca sellada de los difuntos, y la imposibilidad de vivir como se debe se conjugan en una parálisis que retorna interminable.

Al menos no hemos olvidado el medioevo. La receta de la cuarentena persiste, perdurable, y reiterada.

El confinamiento se alarga, la psicosis se enrosca para atacar.

Se demora la salida. Las puertas vuelven a cerrarse con candados verticales.

Todo es una travesía detenida.

Por supuesto, correr es un pecado mortal. Encogidos a la medida de las paredes impuestas, diseñadas por la palabrería de la ineficiencia, todos los caminos están obstaculizados, bloqueados y sin viajeros.

La pandemia es un foto. Nadie se mueva. Esa es la orden predilecta de éste paréntesis demoledor.

¿Cuantas cuarentenas futuras quedan por anunciar, por observar y por comprender?

Las guardias de los hospitales pueden esperar.

¿Pueden esperar?

Fuente: Clarín


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