La receta mágica de Cristina Kirchner para ganar elecciones – Por: Martín Rodríguez Yebra

Fuera o no su intención original, en el 2021 electoral está en juego el poder y no es momento de ponerse en manos de otros. Ni del mercado ni del Presidente.

DANIEL SALMORAL.- Guillermo Moreno fue un personaje de caricatura que llegó a ostentar un inmenso poder gracias a su desfachatez para poner en práctica la teoría de sus superiores de que la economía de un país puede manejarse a los gritos y con una pistola sobre la mesa.

Una década más tarde, el kirchnerismo evolucionó hacia formas menos grotescas, pero se reafirma en las tesis centrales del morenismo, al entender que la voluntad política está por encima de las leyes de la economía y que todos los negocios se deben alinear a los intereses del Gobierno.

El cambio en la presidencia de YPF, donde asumirá el santacruceño Pablo González, constituye otro paso de Cristina Kirchner hacia su zona de confort. La vicepresidenta derrumba sin pausa el mito de que, al crear el Frente de Todos, pretendía delegar en Alberto Fernández y un equipo moderado el manejo de las cuestiones materiales.

Fuera o no su intención original, en el 2021 electoral está en juego el poder y no es momento de ponerse en manos de otros. Ni del mercado ni del Presidente.

Cristina ya trazó antes de fin de año los resultados que espera: hay que alinear salarios y jubilaciones con los precios de los alimentos y las tarifas. Desde entonces frenó sin disimulo un aumento aprobado en las cuotas de las prepagas, incrementó la presión sobre las empresas formadoras de precios, le puso un techo de 7% a la suba de los servicios públicos y tuvo influencia en las medidas antiexportadoras que desataron la protesta del ruralismo.

El ministro de Economía, Martín Guzmán, fanático de los «equilibrios», asume el reto de encontrar un camino posible para cumplir esas directivas con un agujero fiscal considerable, sin dólares y en medio de una ola de contagios de coronavirus que demora el regreso a una actividad medianamente normal. Se resigna a postergar el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI). Y a que no llegarán por ahora las inversiones productivas que el país necesita para volver a crecer de manera genuina. Le queda el consuelo de que el mundo vive días de dólar barato y precios altos de las materias primas que vende la Argentina (¡esa maldición de producir alimentos!).

Cristina Kirchner no podría estar más de acuerdo con Fernández cuando el Presidente dice que él no persigue «la revolución». Ella no lo hizo nunca, ni siquiera cuando su norte era el «vamos por todo».

La épica se limita a ganar elecciones en un ambiente de escasez. Que no se desboque aún más la inflación (¡al menos ahora se mide!), aunque implique agigantar las pérdidas de un tejido empresarial diezmado por una recesión que parece crónica. Evitar una devaluación brusca (mientras el peso pierde valor por goteo a diario) y al mismo tiempo recurrir a la emisión monetaria para que la asistencia estatal no decaiga. El control directo de todas las cajas posibles -también YPF- y el ahogo financiero a los rivales son herramientas a la mano.

Con esa matriz el kirchnerismo construyó su mito y su decadencia. El movimiento benefactor que, sin embargo, pagó con derrotas electorales (2013-2015-2017) el resultado de sus políticas: el regreso de una inflación enfermiza, el retroceso de la inversión privada, la corrupción subyacente en todo proceso de apropiación del Estado y la desunión a la que conduce el autoritarismo necesario para imponer un programa de ese tipo.

El fracaso económico de Macri le abrió el camino del retorno. Fernández argumentaba en la campaña que Cristina había reflexionado sobre sus errores económicos y que el Frente de Todos encarnaba una evolución.

El paso del tiempo reveló que la única autocrítica de la expresidenta refiere a haber permitido la división del peronismo. La fórmula mágica de 2021 es sostener a toda costa el poder adquisitivo y contener a los dirigentes propios para prevenir fugas.

Acaso esta vez la alquimia funcione y pueda triunfar en las urnas. La factura viene después y ese precio no lo fija ella. A iguales recetas, el peligro es que sea más de lo mismo: un país que agiganta sus índices de pobreza, ahuyenta la inversión y reduce a migajas el valor de sus activos.

Fuente: La Nación


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