Alberto, un porteño sometido – Por: Federico Andahazi

A esta altura nadie ignora que el presidente maltrata a los porteños porque no puede levantarle la voz a quien lo somete, lo humilla y lo pone de rodillas todos los días.

DANIEL SALMORAL.- La soberbia de Alberto Fernández es proporcional a la vergüenza a la que él mismo se condena una y otra vez. El problema es que con esa misma arrogancia nos condena a todos los argentinos a la vergüenza ajena. Y en particular, a los argentinos que nacimos en la ciudad de Buenos Aires.

Con esa parada de porteño canchero de caricatura, de portada amarillenta de revista Rico Tipo, la sonrisa esbozada con la mitad de la boca, la mano en el bolsillo del talompa, el tegobi de cobani prepotente, se disfraza de profesor universitario (que no lo es) y le da clases de salud pública a los suecos.

“Si hubiéramos hecho lo que pedían algunos hoy estaríamos como Suecia”, dijo con el tonito del que está de vuelta de todo. Hoy podría jactarse de quintuplicar a Suecia en contagios y duplicarla en muertos. Le ganamos a los Suecos en todo: 400 mil contagiados contra 80 mil y 8.500 contra 5.800 muertos.

El que no salta es un sueco. O un inglés. Porque además, Suecia tuvo el decoro de olvidar la ofensa y producir en la Argentina la vacuna que fabricará junto a Inglaterra. Como un Fidel Pintos redivivo, chamuya sobre las telecomunicaciones en Escandinavia como si estuviera en un bar de Villa Crespo. Y no tiene la menor idea.

Entonces Finlandia se ve obligada a recordarle que no está acodado en el estaño de un bar porteño y le dice en finés que se deje de hablar boludeces. Como un Pepe Mamboleta, el único guapo en camiseta, sopapea a un anciano que lo increpa, lo tira al piso y lo patea en el suelo.

No es el hombre de la esquina rosada, no. Es un patotero del PJ, un guapo de remera rayada que sólo le puede pegar a un jubilado que se le acerca con las manos en la espalda.

Como un Luis Sandrini de pacotilla, dice que le da vergüenza la opulencia de Buenos Aires, que siente culpa frente a las provincias pobres. Con esa apariencia de porteño bien alimentado, satisfecho, cuenta plata delante de los pobres desde el balcón de Puerto Madero con vista al río.

Pero tenemos que estar orgullosos del presidente, porque, al menos, siente pudor. Como un Rolo Puente de peluquería porteña, él admite que le da culpa vivir en Puerto Madero, de garrón, sin pagar alquiler, donde el metro cuadrado vale más que la hectárea de cualquier provincia administrada por los señores feudales peronistas.

Con el gesto de un Javier Portales acorralando a una secretaria indefensa para apoyarla contra un escritorio, el presidente hizo pública una conversación privada con la trompa del FMI.

Dijo sacando pecho con esa media sonrisa del porteño que cuenta sus proezas sexuales: “Estábamos hablando con el manos libres, y comenzó a ladrar Dylan. Ella me dijo ‘veo que está ladrando su perro Dylan’, a lo que le contesté que Dylan es un perro progresista y no quiere que hable con el FMI”. Un plato.

Un piola del año cero. Un Isidoro Cañones. Lo que no dijo, igual que los porteños cancheros que cuentan sus hazañas con las namis, es todo lo que va a tener que pagar por ese ratito de placer.

Con la paradita de cuentero de rioba, apoyado en el buzón que se apresta a venderle a un incauto del interior, se atusa el tegobi y cuenta una conversación con Macri, el cheto gil del barrio bien, que difícilmente haya tenido lugar alguna vez. “Que se mueran todos lo que se tengan que morir”, dice que le dijo el toga.

Es difícil imaginar a Winston Churchill haciendo pública una conversación con Neville Chamberlein, su antecesor. Pero, claro, como sabemos los porteños, los ingleses son una manga de otarios. Sería imposible imaginar a Obama revelando el contenido de una charla privada con Bush.

Uno puede imaginar, sí, a Donald Trump o a Bolsonaro, otros piolas como Alberto que merecerían ser porteños.

Como un Alberto Olmedo caracterizado de un porteño piola que se disfraza de manosanta para estafar incautos, Fernández invoca cartas astrales para que la gilada se crea eso de que los astros le dijeron “que estoy predestinado a construir desde las cenizas”.

El mismo que hace un tiempo dijo “somos un gobierno de científicos”. Lo dijo agitando la mano, en cuya muñeca se veía, miren el video, una cinta roja contra la envidia.

Como el porteño del tango “Tortazos”, que se jacta de fajar a las mujeres, Alberto se cansó de maltratar a las periodistas que tuvieron la valentía de preguntarle sin genuflexión.

Todos pudimos ver como escarmentaba en público a mujeres como Mercedes Ninci, Cristina Pérez, Silvia Mercado o Luciana Geuna. “No te rompo de un tortazo, por no pegarte en la calle”, cantaba Edmundo Rivero.

Los porteños sabemos por tradición tanguera, pero también por nuestra vieja relación con el psicoanálisis, que bajo las ropas de un maltratador hay un maltratado. A esta altura nadie ignora que el presidente maltrata a los porteños porque no puede levantarle la voz a quien lo somete, lo humilla y lo pone de rodillas todos los días.

Fuente: Radio Mitre


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